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martes, 20 de diciembre de 2016

Imágenes huecas, empaques vacíos e ideas destrozadas.

Nuestro mundo se resquebraja. Nuestro mundo, tal y como lo conocíamos, agoniza. Aquellos ideales que fueron banderas y símbolos durante el siglo XX  se colapsan dramáticamente. El mundo de nuestros padres, el que nos heredaron; en el que crecimos ; en el que jugamos; nos divertíamos y que amábamos, está quedando en el olvido con sus valores e ideologías. Lejos quedaron aquellas ideas revolucionarias y esos líderes que nos hablaban de “la esperanza de un mundo mejor”. 

Ahora la revolución tecnológica nos ha rebasado y con esto las marcadas diferencias entre las distintas clases. Sí, con todo y los discursos de igualdad y equidad, sigue habiendo clases sociales y distinciones.

Lo más triste es que el trabajador, el humano, está contento con esta situación y vende su cuerpo y su alma por un poco de efímera  felicidad. Felicidad que encuentra en aparadores, estantes o en aplicaciones para sus dispositivos móviles. Felicidad que dura mientras la aplicación sea novedosa. Lo mismo aplica para la ropa, la música, la moda y todo aquello que se pueda poner en un empaque para su venta.


Incluso los sentimientos han sido empaquetados y vendidos como mercancía. El sentimiento más puro, el amor, se nos presenta como mercancía cada catorce de febrero; el agradecimiento ve su mejor reflejo cada  diez de mayo; la libertad, sentimiento y valor por demás  mítico,  muestra nuestro nacionalismo con banderas “Hechas en China” gracias a la globalización. Todos estos sentimientos se han empaquetado y puesto a la venta en cada uno de los centros comerciales que el ser humano visita con singular alegría.

El ideal de un mundo distinto queda sólo en eso, en el mero ideal de algunos que aún conservamos viejas doctrinas del pasado, un pasado que nos parece ya tan remoto, tan lejano, tan nostálgico. Lo único que nos queda es adaptarnos a estos cambios, cada vez más vertiginosos, y afrontarlos como mejor podamos...


Pero no nos quedemos sólo en la idea fatalista planteada con anterioridad. Replanteemos la situación, tomemos el control del mundo, de nuestro mundo. Colapsemos el mundo que se nos impone y se nos presenta como el único, dejemos de comprar productos en las cadenas de supermercados y de consumir las grandes marcas que oprimen a sus trabajadores y que abarrotan nuestra metrópoli y nuestros mercados. Impulsemos al pequeño y mediano productor nacional que vende su trabajo por las pocas monedas que piden por su arte o labor, consumamos de mercados y agricultores nacionales. 


Y lo más importante, abracemos a los  seres queridos que se encuentran al lado nuestro, dejemos por un  momento los dispositivos móviles y demostremos lo que sentimos por las personas que amamos, no es necesario que lo sepan los demás ni hacerlo público en la red social de su preferencia, que sólo ella o él sepa lo importante que son para nosotros. 

Démosle vuelta a un mundo que pareciera estar de cabeza. No todo se ha perdido, mientras alguien lea esto hasta este punto entonces las industrias no habrán ganado y sabrán que hay resistencia y que la revolución,  la revolución heredada, nuestra revolución, aún no ha dado la batalla final. 

sábado, 12 de octubre de 2013

El lastre mexicano



Introducción.

El ser humano es un ser sumamente complejo; esto debido a su sociabilidad, su ideología y los comportamientos que aprende y, en algunos casos, hereda. Hacer un análisis de los seres humanos, sería la tarea más compleja del mundo, ya que se tendrían que analizar hechos, historias, comportamientos, costumbres y una infinidad de datos que nos pudieran dar una idea, aunque fuera vaga, del entorno en que se desarrollan.

En este ensayo abordaremos el tema de la realidad social mexicana y el proceso psicológico que puede influir en la sociabilización. Para esto me basaré en el texto de Samuel Ramos “Psicoanálisis del mexicano” en donde se hace un análisis del pensamiento y comportamiento de la sociedad nacional.  Cabe mencionar que sólo esbozaré una idea del porqué el mexicano se comporta de cierta manera. El tratar de explicar el comportamiento del mexicano nos llevaría varias tesis.

Trataré de analizar el porqué del pensamiento nacional y cómo influye en su comportamiento como individuo, como sociedad y finalmente como país. Hablaré de cómo el mexicano se comporta y, mejor aún, cómo se ve a sí mismo. Esto es de relevancia porque el mexicano tiene una manera singular de verse, pero el cómo se ve para otras sociedades, dista mucho de la realidad.

Dentro de la sociedad mexicana hay diferentes  tipos de personajes, por tal motivo, haré una breve referencia a estos sectores y trataré de analizar el papel que juegan dentro de esta. A la par, se analizará como el mexicano toma estas críticas y como pueden influir en su ideología.


Desarrollo.

Pensamiento mexicano.

El mexicano es una creatura muy interesante, es un ser que no tiene una identidad propia, pero que a la vez puede tener varias. Es decir, más allá de ser camaleónico, el mexicano se adapta a la ideología y a la identidad que más le convenga. Por ejemplo, el mexicano no se considera y nunca se considerará descendiente de los españoles, no aceptará la conquista, pero a la vez critica, demerita e incluso humilla a los sectores indígenas de su país. No quiere ser llamado náhuatl, tarahumara o ningún otro nombre de las culturas ancestrales, prefiere adaptarse a otras culturas y buscar algo de “civilización”  antes que voltear a ver hacia su pasado. Esto es de relevancia debido a que desde la formación de México como país siempre volteo hacía otras latitudes para copiar modelos tanto económicos como políticos para poder “medio” desarrollarse como estado.

El personaje del mexicano.

En el texto de Samuel Ramos se habla de “El Pelado”. Este es “el desecho humano de la gran ciudad”[1]. En los tiempos modernos este “pelado” tiene otros nombres: “naco” o “chaka”, por ejemplo. Este es el clásico ser nacido en los barrios más bajos de la ciudad y que ha tenido que luchar por su supervivencia. 

Discrepo un poco de la idea o el concepto de Samuel Ramos, debido a que el ambiente en el que se desarrollan y conviven hace de este ser un “animal” agresivo. Samuel Ramos menciona que esta ferocidad la ejerce sólo para asustar a los demás, y es cierto, pero no olvidemos que a esta ciudad también se le conoce como “la jungla de asfalto” y en una jungla sólo el más fiero y el más fuerte  sobrevive. De ninguna manera  justifico el comportamiento de este ser, “el pelado”, pero se debe analizar el fenómeno desde diversas aristas y la más acertada sería la de la vida dentro de esta jungla, con todo y sus carencias. Debo reconocer que en algunos  mexicanos sí adoptan este papel del “pelado” para “elevar el tono de su “yo” deprimido”[2] .  

Otra cuestión interesante es la importancia que le dan al falo. Como menciona Samuel Ramos pareciera que ahí reside su poder, un poder que no pueden ejercer política, económica ni socialmente. Este falo los hace semi-omnipotentes y, por tal motivo, el mexicano le brinda tanta importancia al miembro masculino. 

En el tema de la valentía el mexicano se jacta de ser “muy macho”, una vez más apelando a su virilidad. Aquí debo mencionar que nuestros ancestros, los aztecas, se caracterizaban por ser un pueblo guerrero; si bien es cierto que nuestros genes ya no son puros y somos una mezcolanza de varios genes, algo de aquella valentía y de esa ferocidad debió de habernos quedado. La problemática radica en que esa valentía muchas veces es mal entendida y mal operada con las personas y en lugares equivocados.

El mexicano de la ciudad es un personaje más que interesante. Es éste quien más discrimina y quien más adopta ideas, estereotipos y modas extranjeras. Quien menos quiere tener roce con su pasado y, consecuentemente, el que menos identidad tiene. No conforme con eso, el mexicano es un claro ejemplo de la desconfianza y la desorganización. En él no hay mañana, no hay futuro. Esto afecta directamente en la sociedad y en el Estado como proyecto de nación. El mexicano quiere todo rápido y fácil. Por eso no hay cambios sustanciosos, creemos o queremos que el cambio se dé de un día para otro. No soy pro-panista, pero considero que cuando fue el sexenio de Vicente Fox, las personas querían un cambio rápido, que al otro día se viera el progreso. Esto es imposible debido a que los cambios verdaderamente importantes se dan con el tiempo y la paciencia es la mejor aliada.

El mexicano miedoso

El mexicano vive con miedo y con desconfianza. Esta desconfianza provoca en el mexicano un comportamiento semi-salvaje. En donde prefiere mil veces que le pase algo malo a su semejante antes que a él. De ahí dichos como “de que lloren en mi casa a que lloren en la suya, mejor que lloren en la suya”, en donde se muestra el poco o nulo interés por el semejante.

“El mexicano está siempre temeroso de todo, y vive alerta, presto a la defensiva”[3], este temor se puede apreciar en todo los ámbitos, desde el hogar, el trabajo, la escuela, el futbol y, por supuesto, el Estado. La problemática no es el temor, todos los hombres lo sentimos, sino el no poder afrontarlo. Nuestro miedo a salir adelante, a ser un buen hijo, un buen padre o un buen esposo. Nuestro miedo a ser una potencia como nación y colocarnos dentro de los grandes países. Nuestro temor a ser siempre una nación sometida y sin identidad ni valores propios. “Temer algo hace que la cosa se cumpla; cuando la gente cede al miedo pierde energía e impulso. Su inseguridad se traduce en inacción, lo que la vuelve más insegura y así sucesivamente”[4]  como un gran círculo vicioso.

Conclusiones

El mexicano tiene diversas cualidades, pero a la vez tiene muchas carencias. Como se menciona en la lectura de Samuel Ramos “es perjudicial cambiar o ignorar su carácter cuando este es contrario a su destino y la única manera de cambiar es darse cuenta de él”[5].  A mí parecer, el problema más apremiante del mexicano no es que no se dé cuenta de su situación, ya que de antemano la conoce. El problema radica en que no intenta nada por remediarlo. El mexicano pareciera tener “una excesiva autocomplacencia y tener un disfrute en ese estado”[6] esto es lo realmente preocupante. El texto de Samuel Ramos fue escrito en los años 30´s y pareciera que describe a la sociedad actual. Es decir, el mexicano no evoluciona y esto es lo preocupante y lamentable. 

Cada uno de los personajes sigue viviendo en nuestras calles como hace 80 años, con las mismas actitudes, los mismos gestos, las mismas mañas,  con otros nombres e incluso en una situación más violenta, pero al mexicano pareciera no importarle y pareciera decir “podría ser peor”. Esto es lo preocupante, el conformismo del mexicano, incapaz de exigir, de luchar y de tratar de crear una nueva visión de su realidad. Aún así el mexicano cuestiona su gobierno, tacha a los políticos de corruptos, de mentirosos, de rateros, de pusilánimes. Sin saber, o sin querer darse cuenta,  que esos políticos se forman en sus casas, en sus escuelas, en sus colonias, convive con ellos y éstos sólo son el reflejo de la sociedad en la que se vive. “Platón sostenía que el Estado es una imagen agrandada del individuo”[7]. 

El mexicano no tiene identidad y eso es un tema importante. No tiene bases y sin ellas no se puede edificar nada. No hay una identidad ni un proyecto de nación, lo peor es que pareciera que no  les interesa. El vivir aquí y el ahora, es lo que realmente le interesa al mexicano. Su nacionalismo sólo se muestra el 15 de Septiembre y cuando la selección mexicana de futbol juega y gana en el mundial. Ahí si nos damos un festín de nacionalismo y esto es lo más triste.

“El problema de la “nacionalización” de un pueblo consiste, en primer término, en crear sanas condiciones sociales como base de la educación individual; porque sólo aquél que haya aprendido en el hogar y en la escuela a apreciar la grandeza cultural y, ante todo, la grandeza política de su propia patria, podrá sentir y sentirá el íntimo orgullo de ser súbdito de esa nación. Sólo se puede luchar por aquello que se ama. Y se ama lo que se respeta, pudiéndose respetar únicamente aquello que se conoce”[8].



BIBLIOGRAFÍA

Castellanos Rosario. “La abnegación: una virtud loca“en Mujer de palabras. Artículos rescatados de Rosario Castellanos, vol. II. Compilación, introducción y notas Andrea Reyes, CONACULTA, México. Pp. 663-668.
Greene Robert. ”La actitud medrosa” en La ley 50, primera edición, Océano, México, 2013. Pp. 21-24.
Hitler Adolf. “Las experiencias de mi vida en Viena” en Mi Lucha, primera edición. Primera edición completa en castellano, ed. Wotan, Barcelona, 1995. Pp. 29-61.
Ramos Samuel. “Psicoanálisis del mexicano” en El ensayo mexicano moderno, selección, introducción y notas de José Luis Martínez. 3ra reimpresión, Fondo de Cultura Económica, México, 1995. Pp. 487-503.





[1] Samuel Ramos “Psicoanálisis del mexicano” pág.491
[2] Ídem.
[3] Ibíd. Pág. 497
[4] Robert Greene”Introducción. “La actitud medrosa” pág. 23
[5] Óp. cit. pág. 487
[6] Rosario Castellanos “La abnegación: una virtud loca” pág. 666.
[7] Óp. Cit. Pág. 490
[8] Adolf Hitler, “las experiencias de mi vida en Viena” pág. 39

domingo, 30 de junio de 2013

Por mi raza hablará el espíritu

El día era lluvioso y frío. Mi padre me acompañó a Ciudad Universitaria, pues era mi primer día de clases.  Yo estaba sumamente emocionado. Después de dos intentos fallidos estaba dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Alguna vez me prometí que visitaría ese lugar solo cuando perteneciera a la comunidad universitaria. Había esperado mucho para este momento. Recordaba cómo me había desviado de mi objetivo y este era pertenecer a la UNAM.

Me perdí en la inmensidad de aquel lugar. No sabía dónde estaba la torre de Rectoría, la Biblioteca Central y el Estadio Olímpico  Universitario. Eso no importaba por el momento, ya que tendría tiempo para investigarlo después. Lo que me preocupaba era saber dónde estaba mi Facultad, la cual no se encuentra en el Paseo de las Facultades. Pensé que sería difícil encontrarla. Pude llegar fácilmente, pues tomé un taxi que me llevó a la escuela. No estaba tan lejos como creí, pero no quería llegar tarde a mi primer día de escuela.

Dejé a mi padre en la rampa que conduce a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y me dirigí al salón. Estaba muy nervioso. Siempre lo nuevo o lo desconocido nos causa temor. No sabía con lo que me encontraría y esa incertidumbre era molesta. Entré al aula y esperé a que llegara el profesor. Ingresó una persona elegantemente vestida y  con cara de pocos amigos. Pensé que mi asignatura de Sociedad y Comunicación sería muy complicada. Poco después, el hombre salió del salón e ingresó a otro. Deduje que se había equivocado de grupo.

Enseguida entró una persona de baja estatura, vestimenta simple, pelo cano y desaliñado. “Que hombre tan fachudo”,me dije. Aún seguía manteniendo un pensamiento elitista y su aspecto no me inspiraba confianza. El hombre comenzó a dar su cátedra y pude ver que su clase  comenzaba a gustarme. A lo largo del semestre fuimos estudiando a los grandes pensadores de la historia. Él enseñaba el  pensamiento aristotélico, marxista, democrático, etcétera.  Enseñaba estos pensamientos de una manera clara  y eficaz.

La clase terminó por fascinarme y este hombre me incitó a querer aprender más. Puedo decir que el profesor Mario Ruiz Sotelo ha sido uno de los mejores maestros que he tenido. Mostraba su paciencia, humildad y sapiencia en cada una de las clases. Además de enseñarme el pensamiento político, me mostró que una persona no vale más o menos por su vestimenta. Con él aprendí que los conocimientos solo son valiosos si son transmitidos. Nunca imaginé que un hombre de indumentaria y aspecto tan humilde se convertiría en mi ejemplo. 

domingo, 23 de junio de 2013

Caminante, no hay camino

Uno nunca sabe lo que nos deparará el destino y este siempre tiene vuelcos reservados para nosotros. Mis padres siempre solventaban mis gastos, mi manutención y mis caprichos. Esto hizo que me esforzara poco por mis metas. Pensaba que la vida era sencilla.

A los 18 años comencé a buscar empleo y pensé que sería sencillo. Busqué y toqué puertas por todos lados. Ningún trabajo me convencía, pues, según yo, en todos pagaban muy poco. La paga no podía ser buena para alguien que no tiene estudios y en ese entonces no había concluido la preparatoria.

En mi caminar llegué al Instituto Mexicano de la Juventud y busqué empleo en su bolsa de trabajo.  Ellos me canalizaron a la Universidad del Valle de México donde había una vacante. Pensé que el empleo sería en las oficinas o en el conmutador. Acudí emocionado a una entrevista laboral. Me ofrecieron empleo, pero en un área de poco interés para mí: el área de limpieza. "¿Yo lavando baños? ¿Qué se creen?", pensé. La paga no era mala y tenía prestaciones. Pensé que si entraba se compadecerían de mí y me enviarían a otra área. Esto nunca sucedió. “Estaré solo el mes de prueba”, me dije.

Fue así que entré a laborar ahí. El ambiente era bueno y las personas que trabajaban en esa escuela se portaban bien conmigo. Sabían que no me sentía a gusto con mi empleo, pero se esforzaban por hacerme sentir bien.  Pasó el mes de prueba y seguía sin gustarme mi empleo. Aun así me quedé y firmé un contrato por tiempo indefinido. Después de todo la paga no era mala.

“¿Que estoy haciendo aquí? Esto es tan frustrante”, me reprochaba mientras lavaba los baños o trapeaba. “Yo no debo estar aquí”, me decía; sin embargo, no hacía nada por mejorar. Las chicas en esa escuela eran muy bonitas. Me veían  pintar, barrer, trapear, y eso me hacía sentir peor. 

Cuando estaba a solas recordaba el tiempo que pasé sin estudiar,  las veces que mi madre me regañaba por no asistir a la escuela o las veces que me iba de pinta. Supuse que la vida me pasaba factura, pero el costo era alto. Con el tiempo me fui acostumbrando.

 Muchas personas que ahí laboraban me incitaban a concluir mis estudios. Esto me llenó de ganas de salir adelante. Laboré ahí durante tres años y pude concluir  mis estudios de preparatoria e ingresar a la universidad. Por esta razón, tuve que abandonar el empleo donde había aprendido más que en cualquier otro lado.

Ahí aprendí a ser humilde, a afrontar los retos de la vida, a ser amable con las demás personas y a esforzarme por lo que quería, entre otras cosas. Ahí conocí la amistad, el compañerismo y vi de frente al hambre y a la frustración. Ahora sé que este paso lo tenía que dar y que el destino me había reservado dicho aprendizaje. 

domingo, 16 de junio de 2013

El último guerrero

“¡Yo no soy indio, prefiero ser español o canadiense!”, solía decir. La mayoría de las veces hablamos sin pensar y juzgamos sin conocer. Los españoles habían conquistado México y aniquilado a los Aztecas. Yo quería estar del lado de los vencedores y no del de los indios que habían perdido y perecido en la batalla.

Un día, sin imaginarlo, tuve un encuentro con mis antepasados. Este se llevó a cabo en el célebre museo del Templo Mayor.  Mi prima pidió que la acompañara, ya que tenía que hacer una investigación. Accedí y nos dirigimos al museo. Ella tomaba fotos y apuntes mientras yo observaba los detalles. Me impresionaban las construcciones, los dioses y el avance  que habían logrado los antiguos Mexicas.

Después nos dirigimos a una sala donde un grupo tocaría música prehispánica. En ese momento estaba embelesado con la cultura Azteca. El grupo se llamaba Hom Pax, que en maya significa Palo Hueco. El retumbar de los tambores hizo que algo dentro de mí despertase. Un hombre de cabello cano comenzó a recitar poemas y pensamientos que hicieron eco en mi interior. Los poemas hablaban de la muerte, de la vida, de la trascendencia y del pueblo del que yo había renegado. Se despertó en mí algo místico que nunca había sentido ni experimentado. 

Debido a esto quise conocer más del pueblo fundador de la ciudad de México. Leí varios libros que hablaban de esta fabulosa cultura y de su historia. Entre estos libros destacan: La visión de los vencidos, Tezozomoc, Cuetzalpalómitl (huesos de lagartija) y Quetzalcoatl (la serpiente emplumada).

En mi cumpleaños quise encontrarme con mis antepasados. Por tal motivo, emprendí un viaje a la ciudad donde los hombres se vuelven dioses: Teotihuacán. Ahí donde, según la leyenda, comenzó todo. La travesía fue larga y el calor era insoportable. Caminamos mucho. Mi padre y yo estábamos cansados y hambrientos. Supongo que era parte del peregrinar.

Llegamos a la gran pirámide del sol. Se veía majestuosa e imponente. Era impresionante que se mantuviera hermosa como hace miles de años. Mientras ascendíamos reflexionaba sobre el lugar del hombre en la tierra y el  universo. Caminamos por la Calzada de los Muertos y amé  mi cultura y mi país. En ese momento me di cuenta de que mis dioses, Huitzilopochtli, Mictlantecuhtli, Quetzalcóatl y Tláloc, me habían reservado este conocimiento para cuando estuviera preparado. Fue así que me convertí, desde entonces, en el último guerrero Azteca. 

domingo, 9 de junio de 2013

Minerva

Como diría una vieja canción de los Beatles: “una vez tuve una chica o debería decir ¿ella me tuvo a mí?”.  Esto ocurrió en el tiempo que fui cerillo. Yo tenía 16 años; ella, 15. Era la chica más linda que había visto, siempre la miraba pues me parecía muy bonita y ella ni siquiera se fijaba en mi. 

Un día decidí hablarle. Debo decir que se portaba bastante cortante conmigo. No sabía si le caía mal o solo era muy seria. De cualquier manera esto no mermó mi interés en ella.

Tiempo después, nos fuimos conociendo y la barrera entre los dos fue cediendo poco a poco. Llegamos a ser buenos amigos. Teníamos ideas y gustos similares. Esto ayudó a que nuestra relación de amistad fuera creciendo. A veces me escribía pequeños recados o mensajes en lo que tuviera a su alcance; en un papel, un pedazo de plástico, cualquier cosa era ideal para dejarme un mensaje, corto, pero profundo. Esto me parecía muy tierno. En ese momento me sentía enamorado; esto no era una buena señal.

El tiempo fue pasando y nuestra relación se volvía más estrecha. Seguíamos siendo amigos, pero parecíamos novios. Yo la abrazaba y  ella me correspondía. Quizá lo único que faltaba era el acto protocolario de ¿quieres ser mi novia? 

Un día me avisaron que ya no podría trabajar porque rebasaba la edad permitida.  Ya no la vería y eso me ponía triste. Le pregunté si podíamos ser algo más que amigos, esto fue un día antes de que dejara de trabajar.  Evadió la respuesta, pero dejó abierta una posibilidad. Esto hizo que me ilusionara.

El último día había llegado. Esperaba su respuesta con ansias, aunque  no forcé las cosas. Ella dijo que las despedidas eran tristes y que mejor imagináramos que nos veríamos al día siguiente. Ese día, el último, la acompañé, como de costumbre, a la parada del autobús. Me quedé esperando su respuesta, pero solo me dio una carta. Me pidió que leyera después. Por mi parte estaba impaciente, esperaba la anhelada respuesta, pero tenía que esperar, por lo menos unos minutos más. 

A medio camino dijo que regresara porque se sentiría muy triste al momento de la despedida. Así lo hice. Al llegar al otro extremo me volví para verla y ella hizo lo mismo. Nuestras miradas se cruzaron y por un momento creí que regresaría corriendo, nos abrazaríamos, nos besaríamos y que seríamos felices por siempre, como en esas películas cursis de Hollywood, pero esto no sucedió.  Se fue y no la volví a ver desde entonces.


Leí la carta segundos después. En ella mencionaba que no sería mi novia. Nunca supe la razón. Lo que sí sé es que fue una de las mujeres que más he amado. 

domingo, 2 de junio de 2013

Rebelión


Los golpes se repartieron por todos lados. Mis cuatro compañeros y yo habíamos decidido iniciar la revuelta. Aún recuerdo las patadas y los puñetazos lanzados a mis contrincantes. La pelea era contra alumnos, de la misma escuela, más grandes y fuertes que nosotros.  La rebelión estaba hecha; se inició en el tercer año de secundaria y duró todo el ciclo escolar.  Como todo problema, el detonador fue algo leve pero el hartazgo era demasiado.

Durante dos años, mis compañeros habían sido víctimas de lo que hoy se le conoce como bullying. Hay que mencionar que este fenómeno se daba antes con mucha frecuencia, pero no era tan renombrado. Ellos padecieron burlas, insultos, golpes e incluso robos.

Por mi parte, durante el primer año de secundaria, me comportaba de manera tranquila y sin lío alguno.  Los conflictos nunca han sido mi fuerte, pero hay que defenderse cuando es necesario. El primer año lo sobrelleve en un grupo sumamente conflictivo.

Durante el segundo año, y gracias al soccer, me fui llenando de conocidos; entre ellos un grupo de chicos agresivos y con fuertes problemas sociales. Estos chicos eran los que ejercían esta intimidación hacia mis compañeros.  Muchas veces me invitaron a convivir con ellos y me incitaron a meterme en líos. Nunca lo intente ni me pareció que fuera buena idea.


Esto me ocasionó problemas,  ya que si no quería convivir con ellos los tendría que padecer. Y así ocurrió, comenzaron a molestarme e intimidarme. Debido a esto, tuve que defenderme como podía, con mis propios recursos.  Tiempo después, los compañeros que habían padecido sus burlas y hostilidades comenzaron a juntarse  conmigo.

Supongo que ellos habrían querido defenderse antes, pero no se habían atrevido. Fue así que comencé a jugar en el equipo de los sometidos, despreciando por completo a los problemáticos. Esto provocó que cada partido de fútbol fuera una batalla llena de patadas, empujones y golpes. El problema se acrecentaba debido a que comenzábamos a ganar los juegos. 

Mis compañeros ya no se subordinaban ante los agresores, y estos comenzaron a hacer más violenta su presión. Fue así que estalló la revuelta. Las sillas volaron por todo el salón; las niñas, asustadas, llamaron a la profesora que llegó a calmar los ánimos. Sin embargo, ya todo se había iniciado. En el receso las cosas empeoraron. Por lo que mis cuatro compañeros y yo respondimos a las hostilidades.

Nuestras pequeñas batallas eran diarias y parecían interminables. Adolescentes lastimados, suspendidos, cartas de buena conducta interminables, llamadas a nuestros padres, juntas de urgencia y un largo etc, fue el saldo de aquellas batallas. 

domingo, 26 de mayo de 2013

Mi viaje mágico y misterioso.


“¡Yo no quiero ir al viaje!”, le dije a mi madre. “¡Me quiero quedar a ver el partido, además no sé nadar!”, le replique. Ella mencionó que tenía que convivir con otros niños y quizá no los volvería a ver. Apelé entonces a mi padre y a nuestro fanatismo por el soccer, en ese entonces se jugaba la final del mundial de Francia 1998. Igualmente dijo que tenía que ir.

Sin más opción, tuve que ir a la excursión que había organizado la escuela con motivo de la salida de sexto año de primaria. El viaje sería de tres días y dos noches. Nos dirigimos a un lugar llamado Las Estacas. El lugar era muy bonito, tenía un gran río muy profundo, canchas deportivas, un par de albercas y habitaciones, en las cuales nos hospedamos.

Al principio nos separaron a niños de niñas, como era de esperarse. Estaba con mi compañera Nayeli, que era con la que mejor me llevaba.  Fuimos a comer y después cruzamos un puente colgante, esto fue muy emocionante. 
Este puente atravesaba un río y al otro lado había un minigolf. Al caminar por el puente pude ver la profundidad y belleza del río, debo decir que soy muy sensible hacia las cuestiones naturales.

Después mi maestra nos invito a jugar voleibol, ella era una jugadora profesional de ese deporte. Esta actividad me gustó mucho porque nunca la había realizado y me pareció muy emocionante además de  divertida.  La noche fue maravillosa, era clara y podían verse un centenar de estrellas. Estuvimos cantando a la luz de la luna, mientras mi profesor tocaba el acordeón.

De pronto ocurrió algo muy bello que nunca había visto. Era como si las estrellas cayeran del cielo o atravesarán el firmamento.  El espectáculo era maravilloso, luces que atravesaban el cielo y se desvanecían.  El profesor nos dijo que eran aerolitos, los cuales se desintegraban al entrar a la atmósfera.  La explicación científica era igual de espectacular que el fenómeno.

La segunda noche fue muy lluviosa, la luz eléctrica se fue y lógicamente no había estrellas. Todo se prestaba para contar cuentos de terror y así sucedió. Estuvimos hasta la madrugada relatando  historias.

El último día nos la pasamos jugando fútbol, comimos y nos dimos un último chapuzón. La final del mundial se me había pasado y la había olvidado por completo. Esto no importaba, había sido una experiencia inolvidable que duró más de 90 minutos.