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martes, 20 de diciembre de 2016

Imágenes huecas, empaques vacíos e ideas destrozadas.

Nuestro mundo se resquebraja. Nuestro mundo, tal y como lo conocíamos, agoniza. Aquellos ideales que fueron banderas y símbolos durante el siglo XX  se colapsan dramáticamente. El mundo de nuestros padres, el que nos heredaron; en el que crecimos ; en el que jugamos; nos divertíamos y que amábamos, está quedando en el olvido con sus valores e ideologías. Lejos quedaron aquellas ideas revolucionarias y esos líderes que nos hablaban de “la esperanza de un mundo mejor”. 

Ahora la revolución tecnológica nos ha rebasado y con esto las marcadas diferencias entre las distintas clases. Sí, con todo y los discursos de igualdad y equidad, sigue habiendo clases sociales y distinciones.

Lo más triste es que el trabajador, el humano, está contento con esta situación y vende su cuerpo y su alma por un poco de efímera  felicidad. Felicidad que encuentra en aparadores, estantes o en aplicaciones para sus dispositivos móviles. Felicidad que dura mientras la aplicación sea novedosa. Lo mismo aplica para la ropa, la música, la moda y todo aquello que se pueda poner en un empaque para su venta.


Incluso los sentimientos han sido empaquetados y vendidos como mercancía. El sentimiento más puro, el amor, se nos presenta como mercancía cada catorce de febrero; el agradecimiento ve su mejor reflejo cada  diez de mayo; la libertad, sentimiento y valor por demás  mítico,  muestra nuestro nacionalismo con banderas “Hechas en China” gracias a la globalización. Todos estos sentimientos se han empaquetado y puesto a la venta en cada uno de los centros comerciales que el ser humano visita con singular alegría.

El ideal de un mundo distinto queda sólo en eso, en el mero ideal de algunos que aún conservamos viejas doctrinas del pasado, un pasado que nos parece ya tan remoto, tan lejano, tan nostálgico. Lo único que nos queda es adaptarnos a estos cambios, cada vez más vertiginosos, y afrontarlos como mejor podamos...


Pero no nos quedemos sólo en la idea fatalista planteada con anterioridad. Replanteemos la situación, tomemos el control del mundo, de nuestro mundo. Colapsemos el mundo que se nos impone y se nos presenta como el único, dejemos de comprar productos en las cadenas de supermercados y de consumir las grandes marcas que oprimen a sus trabajadores y que abarrotan nuestra metrópoli y nuestros mercados. Impulsemos al pequeño y mediano productor nacional que vende su trabajo por las pocas monedas que piden por su arte o labor, consumamos de mercados y agricultores nacionales. 


Y lo más importante, abracemos a los  seres queridos que se encuentran al lado nuestro, dejemos por un  momento los dispositivos móviles y demostremos lo que sentimos por las personas que amamos, no es necesario que lo sepan los demás ni hacerlo público en la red social de su preferencia, que sólo ella o él sepa lo importante que son para nosotros. 

Démosle vuelta a un mundo que pareciera estar de cabeza. No todo se ha perdido, mientras alguien lea esto hasta este punto entonces las industrias no habrán ganado y sabrán que hay resistencia y que la revolución,  la revolución heredada, nuestra revolución, aún no ha dado la batalla final. 

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