Nuestro mundo se resquebraja. Nuestro mundo, tal y como lo conocíamos,
agoniza. Aquellos ideales que fueron banderas y símbolos durante el siglo XX se colapsan dramáticamente. El mundo de
nuestros padres, el que nos heredaron; en el que crecimos ; en el que jugamos; nos divertíamos y que amábamos, está quedando en el olvido con sus valores e
ideologías. Lejos quedaron aquellas ideas revolucionarias y esos líderes que
nos hablaban de “la esperanza de un mundo mejor”.
Ahora la revolución tecnológica nos ha rebasado y con esto las marcadas
diferencias entre las distintas clases. Sí, con todo y los discursos de
igualdad y equidad, sigue habiendo clases sociales y distinciones.
Lo más triste es que el trabajador, el humano, está contento con esta
situación y vende su cuerpo y su alma por un poco de efímera felicidad. Felicidad
que encuentra en aparadores, estantes o en aplicaciones para sus dispositivos
móviles. Felicidad que dura mientras la aplicación sea novedosa. Lo mismo
aplica para la ropa, la música, la moda y todo aquello que se pueda poner en un
empaque para su venta.
Incluso los sentimientos han sido empaquetados y vendidos como mercancía. El
sentimiento más puro, el amor, se nos presenta como mercancía cada catorce de
febrero; el agradecimiento ve su mejor reflejo cada diez de mayo; la libertad, sentimiento y
valor por demás mítico, muestra
nuestro nacionalismo con banderas “Hechas en China” gracias a la globalización.
Todos estos sentimientos se han empaquetado y puesto a la venta en cada uno de
los centros comerciales que el ser humano visita con singular alegría.
El ideal de un mundo distinto queda sólo en eso, en el mero ideal de
algunos que aún conservamos viejas doctrinas del pasado, un pasado que nos
parece ya tan remoto, tan lejano, tan nostálgico. Lo único que nos queda es
adaptarnos a estos cambios, cada vez más vertiginosos, y afrontarlos como mejor
podamos...
Pero no nos quedemos sólo en la idea fatalista planteada con anterioridad. Replanteemos
la situación, tomemos el control del mundo, de nuestro mundo. Colapsemos el
mundo que se nos impone y se nos presenta como el único, dejemos de comprar
productos en las cadenas de supermercados y de consumir las grandes marcas que
oprimen a sus trabajadores y que abarrotan nuestra metrópoli y nuestros
mercados. Impulsemos al pequeño y mediano productor nacional que vende su
trabajo por las pocas monedas que piden por su arte o labor, consumamos de
mercados y agricultores nacionales.
Y lo más importante, abracemos a los seres queridos que se encuentran al lado
nuestro, dejemos por un momento los dispositivos móviles y demostremos lo que
sentimos por las personas que amamos, no es necesario que lo sepan los demás ni
hacerlo público en la red social de su preferencia, que sólo ella o él sepa lo
importante que son para nosotros.


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