“¡Yo no quiero ir
al viaje!”, le dije a mi madre. “¡Me quiero quedar a ver el partido, además no
sé nadar!”, le replique. Ella mencionó que tenía que convivir con otros niños y
quizá no los volvería a ver. Apelé entonces a mi padre y a nuestro fanatismo
por el soccer, en ese entonces se jugaba la final del mundial de Francia 1998. Igualmente dijo que tenía
que ir.
Sin más opción,
tuve que ir a la excursión que había organizado la escuela con motivo de la salida
de sexto año de primaria. El viaje sería de tres días y dos noches. Nos dirigimos
a un lugar llamado Las Estacas. El
lugar era muy bonito, tenía un gran río muy profundo, canchas deportivas, un
par de albercas y habitaciones, en las cuales nos hospedamos.
Al principio nos
separaron a niños de niñas, como era de esperarse. Estaba con mi
compañera Nayeli, que era con la que mejor me llevaba. Fuimos a comer y después cruzamos un puente
colgante, esto fue muy emocionante.
Este puente atravesaba un río y al otro
lado había un minigolf. Al caminar por el puente pude ver la profundidad y
belleza del río, debo decir que soy muy sensible hacia las cuestiones
naturales.
Después mi
maestra nos invito a jugar voleibol, ella era una jugadora profesional de
ese deporte. Esta actividad me gustó mucho porque nunca la había realizado y me pareció muy emocionante además de
divertida. La noche fue
maravillosa, era clara y podían verse un centenar de estrellas. Estuvimos
cantando a la luz de la luna, mientras mi profesor tocaba el acordeón.
De pronto ocurrió
algo muy bello que nunca había visto. Era como si las estrellas cayeran del
cielo o atravesarán el firmamento. El
espectáculo era maravilloso, luces que atravesaban el cielo y se desvanecían. El profesor nos dijo que eran aerolitos, los
cuales se desintegraban al entrar a la atmósfera. La explicación científica era igual de
espectacular que el fenómeno.
La segunda noche
fue muy lluviosa, la luz eléctrica se fue y lógicamente no había estrellas.
Todo se prestaba para contar cuentos de terror y así sucedió. Estuvimos hasta
la madrugada relatando historias.
El último día nos
la pasamos jugando fútbol, comimos y nos dimos un último chapuzón. La final del
mundial se me había pasado y la había olvidado por completo. Esto no importaba, había sido una experiencia inolvidable que duró más de 90 minutos.
