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domingo, 26 de mayo de 2013

Mi viaje mágico y misterioso.


“¡Yo no quiero ir al viaje!”, le dije a mi madre. “¡Me quiero quedar a ver el partido, además no sé nadar!”, le replique. Ella mencionó que tenía que convivir con otros niños y quizá no los volvería a ver. Apelé entonces a mi padre y a nuestro fanatismo por el soccer, en ese entonces se jugaba la final del mundial de Francia 1998. Igualmente dijo que tenía que ir.

Sin más opción, tuve que ir a la excursión que había organizado la escuela con motivo de la salida de sexto año de primaria. El viaje sería de tres días y dos noches. Nos dirigimos a un lugar llamado Las Estacas. El lugar era muy bonito, tenía un gran río muy profundo, canchas deportivas, un par de albercas y habitaciones, en las cuales nos hospedamos.

Al principio nos separaron a niños de niñas, como era de esperarse. Estaba con mi compañera Nayeli, que era con la que mejor me llevaba.  Fuimos a comer y después cruzamos un puente colgante, esto fue muy emocionante. 
Este puente atravesaba un río y al otro lado había un minigolf. Al caminar por el puente pude ver la profundidad y belleza del río, debo decir que soy muy sensible hacia las cuestiones naturales.

Después mi maestra nos invito a jugar voleibol, ella era una jugadora profesional de ese deporte. Esta actividad me gustó mucho porque nunca la había realizado y me pareció muy emocionante además de  divertida.  La noche fue maravillosa, era clara y podían verse un centenar de estrellas. Estuvimos cantando a la luz de la luna, mientras mi profesor tocaba el acordeón.

De pronto ocurrió algo muy bello que nunca había visto. Era como si las estrellas cayeran del cielo o atravesarán el firmamento.  El espectáculo era maravilloso, luces que atravesaban el cielo y se desvanecían.  El profesor nos dijo que eran aerolitos, los cuales se desintegraban al entrar a la atmósfera.  La explicación científica era igual de espectacular que el fenómeno.

La segunda noche fue muy lluviosa, la luz eléctrica se fue y lógicamente no había estrellas. Todo se prestaba para contar cuentos de terror y así sucedió. Estuvimos hasta la madrugada relatando  historias.

El último día nos la pasamos jugando fútbol, comimos y nos dimos un último chapuzón. La final del mundial se me había pasado y la había olvidado por completo. Esto no importaba, había sido una experiencia inolvidable que duró más de 90 minutos.