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domingo, 30 de junio de 2013

Por mi raza hablará el espíritu

El día era lluvioso y frío. Mi padre me acompañó a Ciudad Universitaria, pues era mi primer día de clases.  Yo estaba sumamente emocionado. Después de dos intentos fallidos estaba dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Alguna vez me prometí que visitaría ese lugar solo cuando perteneciera a la comunidad universitaria. Había esperado mucho para este momento. Recordaba cómo me había desviado de mi objetivo y este era pertenecer a la UNAM.

Me perdí en la inmensidad de aquel lugar. No sabía dónde estaba la torre de Rectoría, la Biblioteca Central y el Estadio Olímpico  Universitario. Eso no importaba por el momento, ya que tendría tiempo para investigarlo después. Lo que me preocupaba era saber dónde estaba mi Facultad, la cual no se encuentra en el Paseo de las Facultades. Pensé que sería difícil encontrarla. Pude llegar fácilmente, pues tomé un taxi que me llevó a la escuela. No estaba tan lejos como creí, pero no quería llegar tarde a mi primer día de escuela.

Dejé a mi padre en la rampa que conduce a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y me dirigí al salón. Estaba muy nervioso. Siempre lo nuevo o lo desconocido nos causa temor. No sabía con lo que me encontraría y esa incertidumbre era molesta. Entré al aula y esperé a que llegara el profesor. Ingresó una persona elegantemente vestida y  con cara de pocos amigos. Pensé que mi asignatura de Sociedad y Comunicación sería muy complicada. Poco después, el hombre salió del salón e ingresó a otro. Deduje que se había equivocado de grupo.

Enseguida entró una persona de baja estatura, vestimenta simple, pelo cano y desaliñado. “Que hombre tan fachudo”,me dije. Aún seguía manteniendo un pensamiento elitista y su aspecto no me inspiraba confianza. El hombre comenzó a dar su cátedra y pude ver que su clase  comenzaba a gustarme. A lo largo del semestre fuimos estudiando a los grandes pensadores de la historia. Él enseñaba el  pensamiento aristotélico, marxista, democrático, etcétera.  Enseñaba estos pensamientos de una manera clara  y eficaz.

La clase terminó por fascinarme y este hombre me incitó a querer aprender más. Puedo decir que el profesor Mario Ruiz Sotelo ha sido uno de los mejores maestros que he tenido. Mostraba su paciencia, humildad y sapiencia en cada una de las clases. Además de enseñarme el pensamiento político, me mostró que una persona no vale más o menos por su vestimenta. Con él aprendí que los conocimientos solo son valiosos si son transmitidos. Nunca imaginé que un hombre de indumentaria y aspecto tan humilde se convertiría en mi ejemplo. 

domingo, 23 de junio de 2013

Caminante, no hay camino

Uno nunca sabe lo que nos deparará el destino y este siempre tiene vuelcos reservados para nosotros. Mis padres siempre solventaban mis gastos, mi manutención y mis caprichos. Esto hizo que me esforzara poco por mis metas. Pensaba que la vida era sencilla.

A los 18 años comencé a buscar empleo y pensé que sería sencillo. Busqué y toqué puertas por todos lados. Ningún trabajo me convencía, pues, según yo, en todos pagaban muy poco. La paga no podía ser buena para alguien que no tiene estudios y en ese entonces no había concluido la preparatoria.

En mi caminar llegué al Instituto Mexicano de la Juventud y busqué empleo en su bolsa de trabajo.  Ellos me canalizaron a la Universidad del Valle de México donde había una vacante. Pensé que el empleo sería en las oficinas o en el conmutador. Acudí emocionado a una entrevista laboral. Me ofrecieron empleo, pero en un área de poco interés para mí: el área de limpieza. "¿Yo lavando baños? ¿Qué se creen?", pensé. La paga no era mala y tenía prestaciones. Pensé que si entraba se compadecerían de mí y me enviarían a otra área. Esto nunca sucedió. “Estaré solo el mes de prueba”, me dije.

Fue así que entré a laborar ahí. El ambiente era bueno y las personas que trabajaban en esa escuela se portaban bien conmigo. Sabían que no me sentía a gusto con mi empleo, pero se esforzaban por hacerme sentir bien.  Pasó el mes de prueba y seguía sin gustarme mi empleo. Aun así me quedé y firmé un contrato por tiempo indefinido. Después de todo la paga no era mala.

“¿Que estoy haciendo aquí? Esto es tan frustrante”, me reprochaba mientras lavaba los baños o trapeaba. “Yo no debo estar aquí”, me decía; sin embargo, no hacía nada por mejorar. Las chicas en esa escuela eran muy bonitas. Me veían  pintar, barrer, trapear, y eso me hacía sentir peor. 

Cuando estaba a solas recordaba el tiempo que pasé sin estudiar,  las veces que mi madre me regañaba por no asistir a la escuela o las veces que me iba de pinta. Supuse que la vida me pasaba factura, pero el costo era alto. Con el tiempo me fui acostumbrando.

 Muchas personas que ahí laboraban me incitaban a concluir mis estudios. Esto me llenó de ganas de salir adelante. Laboré ahí durante tres años y pude concluir  mis estudios de preparatoria e ingresar a la universidad. Por esta razón, tuve que abandonar el empleo donde había aprendido más que en cualquier otro lado.

Ahí aprendí a ser humilde, a afrontar los retos de la vida, a ser amable con las demás personas y a esforzarme por lo que quería, entre otras cosas. Ahí conocí la amistad, el compañerismo y vi de frente al hambre y a la frustración. Ahora sé que este paso lo tenía que dar y que el destino me había reservado dicho aprendizaje. 

domingo, 16 de junio de 2013

El último guerrero

“¡Yo no soy indio, prefiero ser español o canadiense!”, solía decir. La mayoría de las veces hablamos sin pensar y juzgamos sin conocer. Los españoles habían conquistado México y aniquilado a los Aztecas. Yo quería estar del lado de los vencedores y no del de los indios que habían perdido y perecido en la batalla.

Un día, sin imaginarlo, tuve un encuentro con mis antepasados. Este se llevó a cabo en el célebre museo del Templo Mayor.  Mi prima pidió que la acompañara, ya que tenía que hacer una investigación. Accedí y nos dirigimos al museo. Ella tomaba fotos y apuntes mientras yo observaba los detalles. Me impresionaban las construcciones, los dioses y el avance  que habían logrado los antiguos Mexicas.

Después nos dirigimos a una sala donde un grupo tocaría música prehispánica. En ese momento estaba embelesado con la cultura Azteca. El grupo se llamaba Hom Pax, que en maya significa Palo Hueco. El retumbar de los tambores hizo que algo dentro de mí despertase. Un hombre de cabello cano comenzó a recitar poemas y pensamientos que hicieron eco en mi interior. Los poemas hablaban de la muerte, de la vida, de la trascendencia y del pueblo del que yo había renegado. Se despertó en mí algo místico que nunca había sentido ni experimentado. 

Debido a esto quise conocer más del pueblo fundador de la ciudad de México. Leí varios libros que hablaban de esta fabulosa cultura y de su historia. Entre estos libros destacan: La visión de los vencidos, Tezozomoc, Cuetzalpalómitl (huesos de lagartija) y Quetzalcoatl (la serpiente emplumada).

En mi cumpleaños quise encontrarme con mis antepasados. Por tal motivo, emprendí un viaje a la ciudad donde los hombres se vuelven dioses: Teotihuacán. Ahí donde, según la leyenda, comenzó todo. La travesía fue larga y el calor era insoportable. Caminamos mucho. Mi padre y yo estábamos cansados y hambrientos. Supongo que era parte del peregrinar.

Llegamos a la gran pirámide del sol. Se veía majestuosa e imponente. Era impresionante que se mantuviera hermosa como hace miles de años. Mientras ascendíamos reflexionaba sobre el lugar del hombre en la tierra y el  universo. Caminamos por la Calzada de los Muertos y amé  mi cultura y mi país. En ese momento me di cuenta de que mis dioses, Huitzilopochtli, Mictlantecuhtli, Quetzalcóatl y Tláloc, me habían reservado este conocimiento para cuando estuviera preparado. Fue así que me convertí, desde entonces, en el último guerrero Azteca. 

domingo, 9 de junio de 2013

Minerva

Como diría una vieja canción de los Beatles: “una vez tuve una chica o debería decir ¿ella me tuvo a mí?”.  Esto ocurrió en el tiempo que fui cerillo. Yo tenía 16 años; ella, 15. Era la chica más linda que había visto, siempre la miraba pues me parecía muy bonita y ella ni siquiera se fijaba en mi. 

Un día decidí hablarle. Debo decir que se portaba bastante cortante conmigo. No sabía si le caía mal o solo era muy seria. De cualquier manera esto no mermó mi interés en ella.

Tiempo después, nos fuimos conociendo y la barrera entre los dos fue cediendo poco a poco. Llegamos a ser buenos amigos. Teníamos ideas y gustos similares. Esto ayudó a que nuestra relación de amistad fuera creciendo. A veces me escribía pequeños recados o mensajes en lo que tuviera a su alcance; en un papel, un pedazo de plástico, cualquier cosa era ideal para dejarme un mensaje, corto, pero profundo. Esto me parecía muy tierno. En ese momento me sentía enamorado; esto no era una buena señal.

El tiempo fue pasando y nuestra relación se volvía más estrecha. Seguíamos siendo amigos, pero parecíamos novios. Yo la abrazaba y  ella me correspondía. Quizá lo único que faltaba era el acto protocolario de ¿quieres ser mi novia? 

Un día me avisaron que ya no podría trabajar porque rebasaba la edad permitida.  Ya no la vería y eso me ponía triste. Le pregunté si podíamos ser algo más que amigos, esto fue un día antes de que dejara de trabajar.  Evadió la respuesta, pero dejó abierta una posibilidad. Esto hizo que me ilusionara.

El último día había llegado. Esperaba su respuesta con ansias, aunque  no forcé las cosas. Ella dijo que las despedidas eran tristes y que mejor imagináramos que nos veríamos al día siguiente. Ese día, el último, la acompañé, como de costumbre, a la parada del autobús. Me quedé esperando su respuesta, pero solo me dio una carta. Me pidió que leyera después. Por mi parte estaba impaciente, esperaba la anhelada respuesta, pero tenía que esperar, por lo menos unos minutos más. 

A medio camino dijo que regresara porque se sentiría muy triste al momento de la despedida. Así lo hice. Al llegar al otro extremo me volví para verla y ella hizo lo mismo. Nuestras miradas se cruzaron y por un momento creí que regresaría corriendo, nos abrazaríamos, nos besaríamos y que seríamos felices por siempre, como en esas películas cursis de Hollywood, pero esto no sucedió.  Se fue y no la volví a ver desde entonces.


Leí la carta segundos después. En ella mencionaba que no sería mi novia. Nunca supe la razón. Lo que sí sé es que fue una de las mujeres que más he amado. 

domingo, 2 de junio de 2013

Rebelión


Los golpes se repartieron por todos lados. Mis cuatro compañeros y yo habíamos decidido iniciar la revuelta. Aún recuerdo las patadas y los puñetazos lanzados a mis contrincantes. La pelea era contra alumnos, de la misma escuela, más grandes y fuertes que nosotros.  La rebelión estaba hecha; se inició en el tercer año de secundaria y duró todo el ciclo escolar.  Como todo problema, el detonador fue algo leve pero el hartazgo era demasiado.

Durante dos años, mis compañeros habían sido víctimas de lo que hoy se le conoce como bullying. Hay que mencionar que este fenómeno se daba antes con mucha frecuencia, pero no era tan renombrado. Ellos padecieron burlas, insultos, golpes e incluso robos.

Por mi parte, durante el primer año de secundaria, me comportaba de manera tranquila y sin lío alguno.  Los conflictos nunca han sido mi fuerte, pero hay que defenderse cuando es necesario. El primer año lo sobrelleve en un grupo sumamente conflictivo.

Durante el segundo año, y gracias al soccer, me fui llenando de conocidos; entre ellos un grupo de chicos agresivos y con fuertes problemas sociales. Estos chicos eran los que ejercían esta intimidación hacia mis compañeros.  Muchas veces me invitaron a convivir con ellos y me incitaron a meterme en líos. Nunca lo intente ni me pareció que fuera buena idea.


Esto me ocasionó problemas,  ya que si no quería convivir con ellos los tendría que padecer. Y así ocurrió, comenzaron a molestarme e intimidarme. Debido a esto, tuve que defenderme como podía, con mis propios recursos.  Tiempo después, los compañeros que habían padecido sus burlas y hostilidades comenzaron a juntarse  conmigo.

Supongo que ellos habrían querido defenderse antes, pero no se habían atrevido. Fue así que comencé a jugar en el equipo de los sometidos, despreciando por completo a los problemáticos. Esto provocó que cada partido de fútbol fuera una batalla llena de patadas, empujones y golpes. El problema se acrecentaba debido a que comenzábamos a ganar los juegos. 

Mis compañeros ya no se subordinaban ante los agresores, y estos comenzaron a hacer más violenta su presión. Fue así que estalló la revuelta. Las sillas volaron por todo el salón; las niñas, asustadas, llamaron a la profesora que llegó a calmar los ánimos. Sin embargo, ya todo se había iniciado. En el receso las cosas empeoraron. Por lo que mis cuatro compañeros y yo respondimos a las hostilidades.

Nuestras pequeñas batallas eran diarias y parecían interminables. Adolescentes lastimados, suspendidos, cartas de buena conducta interminables, llamadas a nuestros padres, juntas de urgencia y un largo etc, fue el saldo de aquellas batallas.