Los golpes se
repartieron por todos lados. Mis cuatro compañeros y yo habíamos decidido
iniciar la revuelta. Aún recuerdo las
patadas y los puñetazos lanzados a mis contrincantes. La pelea era contra
alumnos, de la misma escuela, más grandes y fuertes que nosotros. La rebelión estaba hecha; se inició en el tercer año de secundaria y duró todo el ciclo escolar. Como todo problema, el detonador fue algo leve
pero el hartazgo era demasiado.
Durante dos años, mis compañeros habían sido víctimas de lo que hoy se le conoce como bullying. Hay que mencionar que este fenómeno se daba antes con mucha frecuencia, pero no era tan renombrado. Ellos padecieron
burlas, insultos, golpes e incluso robos.
Por mi parte, durante
el primer año de secundaria, me comportaba de manera tranquila y sin lío alguno.
Los conflictos nunca han sido mi fuerte, pero hay que defenderse cuando es necesario. El primer año lo sobrelleve en un
grupo sumamente conflictivo.
Durante el
segundo año, y gracias al soccer, me fui llenando de conocidos; entre ellos un
grupo de chicos agresivos y con fuertes problemas sociales. Estos chicos eran
los que ejercían esta intimidación hacia mis compañeros. Muchas veces me invitaron a convivir con ellos
y me incitaron a meterme en líos. Nunca lo intente ni me pareció que fuera
buena idea.
Esto me ocasionó
problemas, ya que si no quería convivir con
ellos los tendría que padecer. Y así ocurrió, comenzaron a molestarme e
intimidarme. Debido a esto, tuve que defenderme como podía, con mis propios
recursos. Tiempo después, los compañeros que habían padecido sus burlas y
hostilidades comenzaron a juntarse conmigo.
Supongo que ellos
habrían querido defenderse antes, pero no
se habían atrevido. Fue así que comencé a jugar en el equipo de los sometidos,
despreciando por completo a los problemáticos. Esto provocó que cada partido de
fútbol fuera una batalla llena de patadas, empujones y golpes. El problema se acrecentaba debido a que comenzábamos a ganar los juegos.
Mis compañeros ya
no se subordinaban ante los agresores, y estos comenzaron a hacer más violenta su presión.
Fue así que estalló la revuelta. Las sillas volaron por todo el salón; las niñas,
asustadas, llamaron a la profesora que llegó a calmar los ánimos. Sin embargo,
ya todo se había iniciado. En el receso las cosas empeoraron. Por lo que mis cuatro compañeros y yo respondimos a las
hostilidades.
Nuestras pequeñas
batallas eran diarias y parecían interminables. Adolescentes lastimados,
suspendidos, cartas de buena conducta interminables, llamadas a nuestros padres,
juntas de urgencia y un largo etc, fue el saldo de aquellas batallas.

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