“¡Yo no soy indio,
prefiero ser español o canadiense!”, solía decir. La mayoría de las veces
hablamos sin pensar y juzgamos sin conocer. Los españoles habían conquistado México y aniquilado a los Aztecas. Yo quería estar del lado de los vencedores y
no del de los indios que habían perdido y perecido en la batalla.
Un día, sin imaginarlo, tuve un encuentro con
mis antepasados. Este se llevó a cabo en el célebre museo del Templo Mayor. Mi prima pidió que la acompañara, ya que tenía
que hacer una investigación. Accedí y nos dirigimos al museo. Ella tomaba fotos
y apuntes mientras yo observaba los detalles. Me impresionaban las
construcciones, los dioses y el avance que habían logrado los antiguos Mexicas.
Después nos dirigimos a
una sala donde un grupo tocaría música prehispánica. En ese momento estaba
embelesado con la cultura Azteca. El grupo se llamaba Hom Pax, que en maya
significa Palo Hueco. El retumbar de los tambores hizo que algo dentro de mí
despertase. Un hombre de cabello cano comenzó a recitar poemas y pensamientos que
hicieron eco en mi interior. Los poemas hablaban de la muerte, de la vida, de
la trascendencia y del pueblo del que yo había renegado. Se despertó en mí algo
místico que nunca había sentido ni experimentado.
Debido a esto quise conocer más del pueblo fundador de la ciudad de México. Leí varios libros que hablaban de esta fabulosa cultura y de su historia. Entre estos libros destacan: La visión de los vencidos, Tezozomoc, Cuetzalpalómitl (huesos de lagartija) y Quetzalcoatl (la serpiente emplumada).
En mi cumpleaños quise encontrarme con mis
antepasados. Por tal motivo, emprendí un viaje a la ciudad donde los
hombres se vuelven dioses: Teotihuacán. Ahí donde, según la leyenda, comenzó
todo. La travesía fue larga y el calor era insoportable. Caminamos mucho. Mi padre
y yo estábamos cansados y hambrientos. Supongo que era parte del peregrinar.
Llegamos a la gran pirámide del sol. Se veía majestuosa e
imponente. Era impresionante que se mantuviera hermosa como hace miles de años.
Mientras ascendíamos reflexionaba sobre el lugar del hombre en la tierra y el universo. Caminamos por la Calzada de los Muertos y amé mi
cultura y mi país. En ese momento me di cuenta de que mis dioses, Huitzilopochtli,
Mictlantecuhtli, Quetzalcóatl y Tláloc, me habían
reservado este conocimiento para cuando estuviera preparado. Fue así que me convertí, desde entonces, en el último guerrero Azteca.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario