Uno nunca
sabe lo que nos deparará el destino y este siempre tiene vuelcos reservados para
nosotros. Mis padres siempre solventaban mis gastos, mi manutención y mis
caprichos. Esto hizo que me esforzara poco por mis metas. Pensaba que la vida
era sencilla.
A los 18 años comencé a
buscar empleo y pensé que sería sencillo. Busqué y toqué puertas por todos
lados. Ningún trabajo me convencía, pues, según yo, en todos pagaban muy poco. La
paga no podía ser buena para alguien que no tiene estudios y en ese entonces no
había concluido la preparatoria.
En mi caminar llegué
al Instituto Mexicano de la Juventud y busqué empleo en su bolsa de
trabajo. Ellos me canalizaron a la
Universidad del Valle de México donde había una vacante. Pensé que el empleo
sería en las oficinas o en el conmutador. Acudí emocionado a una entrevista
laboral. Me ofrecieron empleo, pero en un área de poco interés para mí: el área
de limpieza. "¿Yo lavando baños? ¿Qué se
creen?", pensé. La paga no era mala y tenía prestaciones. Pensé que si
entraba se compadecerían de mí y me enviarían a otra área. Esto nunca sucedió. “Estaré
solo el mes de prueba”, me dije.
Fue así que entré a laborar ahí. El ambiente era
bueno y las personas que trabajaban en esa escuela se portaban bien conmigo. Sabían que no me sentía a gusto
con mi empleo, pero se esforzaban por hacerme sentir bien. Pasó el mes de prueba y seguía sin gustarme mi
empleo. Aun así me quedé y firmé un contrato por tiempo indefinido. Después de
todo la paga no era mala.
“¿Que estoy
haciendo aquí? Esto es tan frustrante”, me reprochaba mientras lavaba los baños
o trapeaba. “Yo no debo estar aquí”, me decía; sin embargo, no hacía nada por
mejorar. Las chicas en esa escuela eran muy bonitas. Me veían pintar, barrer, trapear, y eso me hacía sentir
peor.
Cuando estaba a solas recordaba el tiempo que pasé sin estudiar, las veces que mi madre me regañaba por no asistir a la escuela o las veces que me iba de pinta. Supuse que la vida me pasaba factura, pero el costo era alto. Con el tiempo me fui acostumbrando.
Cuando estaba a solas recordaba el tiempo que pasé sin estudiar, las veces que mi madre me regañaba por no asistir a la escuela o las veces que me iba de pinta. Supuse que la vida me pasaba factura, pero el costo era alto.
Muchas personas que ahí laboraban me incitaban a concluir
mis estudios. Esto me llenó de ganas de salir adelante. Laboré ahí durante
tres años y pude concluir mis estudios
de preparatoria e ingresar a la universidad. Por esta razón, tuve que abandonar
el empleo donde había aprendido más que en cualquier otro lado.
Ahí aprendí a ser
humilde, a afrontar los retos de la vida, a ser amable con las demás personas y
a esforzarme por lo que quería, entre otras cosas. Ahí conocí la amistad, el compañerismo
y vi de frente al hambre y a la frustración. Ahora sé que este paso lo tenía
que dar y que el destino me había reservado dicho aprendizaje.
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