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domingo, 23 de junio de 2013

Caminante, no hay camino

Uno nunca sabe lo que nos deparará el destino y este siempre tiene vuelcos reservados para nosotros. Mis padres siempre solventaban mis gastos, mi manutención y mis caprichos. Esto hizo que me esforzara poco por mis metas. Pensaba que la vida era sencilla.

A los 18 años comencé a buscar empleo y pensé que sería sencillo. Busqué y toqué puertas por todos lados. Ningún trabajo me convencía, pues, según yo, en todos pagaban muy poco. La paga no podía ser buena para alguien que no tiene estudios y en ese entonces no había concluido la preparatoria.

En mi caminar llegué al Instituto Mexicano de la Juventud y busqué empleo en su bolsa de trabajo.  Ellos me canalizaron a la Universidad del Valle de México donde había una vacante. Pensé que el empleo sería en las oficinas o en el conmutador. Acudí emocionado a una entrevista laboral. Me ofrecieron empleo, pero en un área de poco interés para mí: el área de limpieza. "¿Yo lavando baños? ¿Qué se creen?", pensé. La paga no era mala y tenía prestaciones. Pensé que si entraba se compadecerían de mí y me enviarían a otra área. Esto nunca sucedió. “Estaré solo el mes de prueba”, me dije.

Fue así que entré a laborar ahí. El ambiente era bueno y las personas que trabajaban en esa escuela se portaban bien conmigo. Sabían que no me sentía a gusto con mi empleo, pero se esforzaban por hacerme sentir bien.  Pasó el mes de prueba y seguía sin gustarme mi empleo. Aun así me quedé y firmé un contrato por tiempo indefinido. Después de todo la paga no era mala.

“¿Que estoy haciendo aquí? Esto es tan frustrante”, me reprochaba mientras lavaba los baños o trapeaba. “Yo no debo estar aquí”, me decía; sin embargo, no hacía nada por mejorar. Las chicas en esa escuela eran muy bonitas. Me veían  pintar, barrer, trapear, y eso me hacía sentir peor. 

Cuando estaba a solas recordaba el tiempo que pasé sin estudiar,  las veces que mi madre me regañaba por no asistir a la escuela o las veces que me iba de pinta. Supuse que la vida me pasaba factura, pero el costo era alto. Con el tiempo me fui acostumbrando.

 Muchas personas que ahí laboraban me incitaban a concluir mis estudios. Esto me llenó de ganas de salir adelante. Laboré ahí durante tres años y pude concluir  mis estudios de preparatoria e ingresar a la universidad. Por esta razón, tuve que abandonar el empleo donde había aprendido más que en cualquier otro lado.

Ahí aprendí a ser humilde, a afrontar los retos de la vida, a ser amable con las demás personas y a esforzarme por lo que quería, entre otras cosas. Ahí conocí la amistad, el compañerismo y vi de frente al hambre y a la frustración. Ahora sé que este paso lo tenía que dar y que el destino me había reservado dicho aprendizaje. 

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