El día era
lluvioso y frío. Mi padre me acompañó a Ciudad Universitaria, pues era mi
primer día de clases. Yo estaba
sumamente emocionado. Después de dos intentos fallidos estaba dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Alguna vez me prometí que visitaría ese
lugar solo cuando perteneciera a la comunidad universitaria. Había esperado
mucho para este momento. Recordaba cómo me había desviado de mi objetivo y este era pertenecer a la UNAM.
Me perdí en la
inmensidad de aquel lugar. No sabía dónde estaba la torre de Rectoría, la Biblioteca
Central y el Estadio Olímpico Universitario.
Eso no importaba por el momento, ya que tendría tiempo para investigarlo
después. Lo que me preocupaba era saber dónde estaba mi Facultad, la cual no se encuentra en el Paseo de las Facultades. Pensé que sería difícil encontrarla. Pude llegar fácilmente, pues tomé un taxi que me llevó a la escuela. No estaba tan lejos como creí, pero
no quería llegar tarde a mi primer día de escuela.
Dejé a mi padre
en la rampa que conduce a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y me
dirigí al salón. Estaba muy nervioso. Siempre lo nuevo o lo desconocido nos
causa temor. No sabía con lo que me encontraría y esa incertidumbre era molesta.
Entré al aula y esperé a que llegara el profesor. Ingresó una persona
elegantemente vestida y con cara de pocos amigos. Pensé que mi asignatura
de Sociedad y Comunicación sería muy complicada. Poco después, el hombre salió del salón e
ingresó a otro. Deduje que se había equivocado de grupo.
Enseguida entró
una persona de baja estatura, vestimenta simple, pelo cano y desaliñado. “Que hombre tan fachudo”,me dije. Aún seguía
manteniendo un pensamiento elitista y su aspecto no me inspiraba confianza. El hombre
comenzó a dar su cátedra y pude ver que su clase comenzaba a gustarme. A lo
largo del semestre fuimos estudiando a los grandes pensadores de la historia. Él enseñaba el pensamiento aristotélico, marxista, democrático, etcétera.
Enseñaba estos pensamientos de una manera clara y eficaz.
La clase terminó
por fascinarme y este hombre me incitó a querer aprender más. Puedo decir que el profesor Mario Ruiz Sotelo ha sido uno
de los mejores maestros que he tenido. Mostraba su paciencia, humildad y sapiencia en cada una de las clases. Además de enseñarme el pensamiento político, me mostró que una persona no vale más o menos por su vestimenta. Con él aprendí que los conocimientos solo son valiosos si son transmitidos. Nunca imaginé que un hombre de indumentaria y aspecto tan humilde se convertiría en mi ejemplo.
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