Como diría una
vieja canción de los Beatles: “una
vez tuve una chica o debería decir ¿ella me tuvo a mí?”. Esto ocurrió en el tiempo que fui cerillo. Yo tenía 16 años; ella, 15. Era
la chica más linda que había visto, siempre la miraba pues me parecía muy bonita y ella ni siquiera se fijaba en mi.
Un día decidí hablarle. Debo decir que se portaba
bastante cortante conmigo. No sabía si le caía mal o solo era muy seria. De
cualquier manera esto no mermó mi interés en ella.
Tiempo después,
nos fuimos conociendo y la barrera entre los dos fue cediendo poco a poco. Llegamos a ser
buenos amigos. Teníamos ideas y gustos similares. Esto ayudó a que nuestra
relación de amistad fuera creciendo. A veces me escribía pequeños recados o
mensajes en lo que tuviera a su alcance; en un papel, un pedazo de plástico, cualquier cosa era ideal para dejarme un mensaje, corto, pero profundo. Esto me parecía muy tierno. En
ese momento me sentía enamorado; esto no era una buena señal.
El tiempo fue
pasando y nuestra relación se volvía más estrecha. Seguíamos siendo amigos, pero
parecíamos novios. Yo la abrazaba y ella
me correspondía. Quizá lo único que faltaba era el acto protocolario de ¿quieres ser mi novia?
Un día me
avisaron que ya no podría trabajar porque rebasaba la edad permitida. Ya no la vería y eso me ponía triste. Le
pregunté si podíamos ser algo más que amigos, esto fue un día antes de que
dejara de trabajar. Evadió la respuesta,
pero dejó abierta una posibilidad. Esto hizo que me ilusionara.
El último día
había llegado. Esperaba su respuesta con ansias, aunque no forcé las cosas. Ella dijo que las
despedidas eran tristes y que mejor imagináramos que nos veríamos al día
siguiente. Ese día, el último, la acompañé, como de costumbre, a la parada del autobús. Me
quedé esperando su respuesta, pero solo me dio una carta. Me pidió que
leyera después. Por mi parte estaba impaciente, esperaba la anhelada respuesta, pero tenía que esperar, por lo menos unos minutos más.
A medio camino
dijo que regresara porque se sentiría muy triste al momento de la
despedida. Así lo hice. Al llegar al otro extremo me volví para verla y ella hizo lo
mismo. Nuestras miradas se cruzaron y por un momento creí que regresaría
corriendo, nos abrazaríamos, nos besaríamos y que seríamos felices por siempre, como en esas películas cursis de Hollywood, pero esto no
sucedió. Se fue y no la volví a ver
desde entonces.
Leí la carta
segundos después. En ella mencionaba que no sería mi novia. Nunca supe la razón. Lo
que sí sé es que fue una de las mujeres que más he amado.
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